El ocio virtual, la nueva gran amenaza para las parejas

Pasarse de la raya con los celulares puede debilitar incluso a las relaciones más saludables.
“No estoy perdiendo el tiempo. Me estoy informando”. Con esta frase, dice Daniel Halpern, académico de la Universidad Católica de Chile e investigador del centro de pensamiento Tren Digital, la gente suele explicar por qué pasa tanto tiempo con sus teléfonos, leyendo noticias, pero también poniéndose al día con los chats de amigos o familiares en WhatsApp, revisando las peleas virtuales que arman en Twitter, viendo las fotos y videos que se suben a Instagram o pendiente de los nuevos artículos en Facebook.

Gracias a los teléfonos inteligentes y a las tabletas, que lo ponen todo al alcance de la mano y en cosa de segundos, el ocio virtual (destinar el tiempo libre a internet) está cada vez más presente en nuestras vidas. Y, por supuesto, en nuestra vida de pareja. Y no solo en los espacios habitualmente reservados para tener la libertad de hacer lo que a uno se le antoje –como leer un libro, de noche, en la cama, mientras el otro ve televisión–, sino también en momentos en los que se esperaría contar con la atención plena de la persona con la que se quiere compartir la vida. Por ejemplo, cuando se está en un restaurante o conversando en casa sobre un problema familiar o conflicto con los compañeros de trabajo. Incluso en esos momentos claves, el teléfono puede hacerse presente para interrumpir una charla de pareja.

Un estudio publicado en octubre por la revista ‘Computers in Human Behaviour’, el referente científico internacional de más peso en estos temas, indagó sobre por qué el hábito de revisar el teléfono frente a otros se está volviendo algo natural. Esta práctica se conoce como ‘phubbing’ –término que viene de ‘phone’ (teléfono) y ‘snubbing’ (hacer un desaire)– y se multiplica en la sociedad por simple imitación: “Me lo hacen a mí, yo lo hago. Veo que los demás lo hacen, yo lo hago. Y así se vuelve algo normal, una conducta socialmente aceptable”, dicen los investigadores James Roberts y Meredith Davis, de la Universidad de Baylor.

Daniel Halpern, quien lleva años estudiando los efectos de las nuevas tecnologías en las personas, tiene algunas hipótesis de lo que puede llevar a las personas a caer en lo que se conoce como ‘uso problemático del teléfono’, es decir, cuando la utilización de este aparato es tanta y tan frecuente que llega a interferir con el trabajo, la vida en pareja o en familia y las relaciones cara a cara en general.

“Por un lado –dice Halpern–, la sensación de estar informado produce una sensación de poder y tranquilidad; y por el otro, está el miedo de perderse algo. La conexión a pantallas, en términos generales, genera un sentido de inmediatez, una necesidad permanente de estar al tanto de todo. Y cuando esa necesidad no se satisface, se siente un vacío, que se conoce como Fomo, que viene de ‘Fear of Missing Out’ (temor a quedarse fuera o a perderse algo). Pero no es algo natural, porque se trata de una necesidad absolutamente creada por las nuevas tecnologías”.

Pero ¿por qué se engancha tanto la gente a esto? Para Halpern es claro: “La gente empieza a preferir la vida en línea porque siente que es más estimulante”.

Y así, poco a poco, las parejas empiezan a distanciarse, a estar emocionalmente disponibles para todos, menos para la persona que tienen más cerca.

Kate Mays, investigadora de medios emergentes en la Universidad de Boston, comparte un estudio sobre los celos y el uso de ‘smartphones’ en el que subraya que las personas revisan sus teléfonos, en promedio, 110 veces al día. Y en ese mismo estudio, una atribulada mujer se desahoga así: “Las primeras semanas él estaba en su teléfono 24/7. Asumí que era la novedad de tener el aparato por primera vez y no le di más vueltas al asunto. Pero no paró nunca. Todo nuestro tiempo giraba en torno a él estando en su teléfono. Prácticamente le tenía que rogar por atención. Intenté mantener conversaciones profundas, pero estaba en una red social. Trataba de acurrucarme y él estaba ocupado con un juego. No podemos pasar una sola noche juntos sin que yo tenga que competir por su atención con el teléfono. Me siento sola y deprimida”.

El fenómeno es tan potente que, según las investigaciones de la psicóloga estadounidense Sherry Turkle –formada en Harvard, académica del MIT y autora del libro ‘Alone Together’ (Solo juntos), 2013–, los individuos que interactúan con terceros mientras están físicamente en presencia de otros se sienten más cercanos a aquellos con los que se están comunicando virtualmente. Por eso los especialistas han comenzado a hablar de la ‘presencia ausente’ como un fenómeno propio de estos tiempos.

De hecho, cada vez se ven más parejas que parece que se comunican mejor por WhatsApp que cara a cara.

Es de sentido común suponer que esta desconexión en la vida real no puede ser buena para la vida en pareja, que necesita de una adecuada y fluida comunicación para mantenerse a flote. “Toda relación afectiva, y en especial la de pareja, requiere de una evaluación y trabajo constante”, dice la psicóloga Gloria Bustos, terapeuta familiar y de parejas de la clínica Las Condes, en Santiago de Chile. Y la psicóloga apunta que las quejas sobre el abuso del teléfono han venido creciendo en su consultorio. “Aumentan las peleas –dice–, pero también surgen sentimientos de mucha desconfianza y soledad”.

Pero ¿es el teléfono el malo de la película o solo un canal más para encauzar conflictos que explotarían de igual modo, tarde o temprano? ¿De qué maneras específicas puede el uso excesivo de teléfonos inteligentes dañar a la pareja y con qué profundidad? ¿Es una mala relación lo que lleva a las parejas a hacerse ‘phubbing’ o –al revés– es el hábito de chequear el teléfono a cada rato lo que va haciendo que la relación se dañe, aunque tenga buenos cimientos?

El estudio de James Roberts y Meredith Davis es uno de los que más luces arroja sobre este tema. Entre otras cosas, asegura que las conversaciones que se dan frente a un teléfono listo para interrumpir en cualquier momento muestran menores niveles de empatía, confianza y preocupación. También se vinculan con la percepción de que el vínculo tiene menos calidad y con inseguridades con respecto a la fuerza del lazo.

Un estudio realizado en Chile por el equipo de Halpern, en coautoría con James Katz, director de la División de Estudios de Medios Emergentes en la Escuela de Comunicación de la Universidad de Boston, y que será publicado en marzo, concluyó que el chequeo del teléfono frente al otro afecta a la relación de pareja de dos maneras: aumenta el nivel de conflictos, producto de la rabia y la frustración; pero también reduce el grado de intimidad en la pareja, hasta afectar el vínculo de manera severa.

La intimidad, para estos investigadores, se define como ese alto grado de cercanía y comunicación que hace que ambas partes se sientan comprendidas, validadas y cuidadas. Su pérdida es más sutil, pero también más corrosiva, común y peligrosa que el aumento de los conflictos y peleas, porque destruye la complicidad.

Un estudio publicado en 2014 por el famoso Pew Research Center de Washington, mostró que en el 25 por ciento de las parejas casadas en Estados Unidos uno de los dos siente que el otro se distrae con el teléfono en su presencia, mientras que en el caso de las parejas no casadas pero involucradas en una relación romántica seria el número sube a 42 por ciento.

Así que la próxima vez que salga a cenar con su pareja, trate de no poner el celular sobre la mesa, porque hasta las relaciones más sólidas se pueden ir minando por hábitos –supuestamente ya normalizados– como este.

SOFÍA BEUCHAT
El Mercurio (Chile) – GDA