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  • 01Jun,15

    El doloroso retroceso de la cultura ciudadana en Bogotá

    ¿Qué pasó con la ciudad que era ejemplo internacional por el civismo de sus habitantes?

    Bogotá, año 2015.

    Un video grabado por un guardia de seguridad con su celular muestra a una pareja teniendo relaciones sexuales en horas de la noche. Según se ve, ni siquiera trataron de buscar la sombra; decidieron tenderse en el piso, en la mitad de un estacionamiento. Tampoco les importó al darse cuenta que los filmaban: se levantaron, se acomodaron la ropa que no alcanzaron a quitarse y se marcharon entre risas.

    Otra imagen se hace viral: la fotografía de un taxista que, sin reparo ni pudor, aparece acurrucado, con los pantalones abajo, defecando junto a la fachada de una casa, frente a su taxi de placas SVS674.

    Mientras tanto, tres videos tomados en TransMilenio recorren las redes sociales. El primero: un joven en aparente estado de embriaguez reparte aguardiente en una copa dentro de un articulado atiborrado. El segundo: otro adolescente, visiblemente borracho, es obligado por un policía a lavar con agua y jabón la orinada que acaba de dejar en la estación de Banderas. El tercero: en la avenida Caracas, un auxiliar de Policía cruza la calle e ingresa al sistema como tantos otros transeúntes: colado.

    Bogotá, año 1995.

    Un grupo de mimos se toma la calle 19, en el centro de Bogotá. Buscan con pitos y rosas que los conductores de los vehículos respeten los cruces peatonales y así, de fondo, mejorar la movilidad en ese sector. Al cabo de unos meses, el Distrito tiene que contratar a varios centenares más de ‘bufones’ para extender la campaña pedagógica.

    Pronto se comienzan a repartir entre los bogotanos tarjetas verdes y rojas, como las que usan los árbitros de fútbol, para que los propios ciudadanos sancionen o exalten socialmente a quienes iban en contra o respetaban las reglas ciudadanas, dependiendo del caso.

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    Los mimos le enseñaban a los ciudadanos a respetar las normas de tránsito. Foto: Rafael Guerrero.

    En diciembre de ese año, la Alcaldía distribuyó en la ciudad ‘kits zanahorios’, un estuche con, entre otras cosas, un pito que sustituiría a la pólvora en las celebraciones de fin de año. Luego ese mismo artefacto podría usarse como sistema de alarma cuando el ciudadano se sienta en peligro.

    Las tres fueron las primeras estrategias con las que el recién electo alcalde Antanas Mockus esperaba crear para esa época una revolución en materia de convivencia en la ciudad. Era el nacimiento de la cultura ciudadana, el eje de su Gobierno y de su plan de desarrollo en aquel entonces. Una suerte de experimentos que al cabo de unos años convirtieron a Bogotá en un faro de pedagogía-convivencia a nivel latinoamericano.

    Según ha definido el propio Mockus, “la cultura ciudadana parte del hecho de que, en muchas ocasiones, la solución de un problema no depende tanto de la creación de nuevas leyes, sino más bien de la admiración y respeto por parte de los ciudadanos de las que ya existen”.

    En otras palabras, incluidas en el libro ‘Cultura ciudadana en Bogotá; nuevas perspectivas’, esta buena práctica se trata de una obediencia voluntaria de las normas de convivencia, sin acudir a la coerción física, en temas del día a día, como ahorrar agua, hacer fila, pagar impuestos, respetar el espacio público y al otro ser humano.

    ¿Y entonces qué pasó?

    Se cumplen 20 años desde esa época dorada de ciudadanía, que le alcanzó a Bogotá para ser reconocida por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) como la capital latinoamericana con mejor cultura ciudadana. Sin embargo, las encuestas del informe decenal sobre este tema que realiza el centro de pensamiento Corpovisionarios -fundado por el propio Mockus- señalan hoy descensos en aspectos críticos para la convivencia.

    Las cifras respaldan lo que muestran los videos que, cada vez más, circulan en las redes sociales con denuncias de todo tipo. Como que un policía, en teoría formador de ciudadanos, se cuele en un TransMilenio, o que se vulneren espacios públicos al tener relaciones sexuales o defecar en la calle.

    Las encuestas de Corpovisionarios miden desde 2003 y cada dos años opiniones, percepciones, actitudes, creencias, hábitos y reacciones ante situaciones que pueden suceder en la vida cotidiana o han sido vividas por los bogotanos. A grandes rasgos, se podría concluir que temas como la seguridad siguen igual para los ciudadanos desde 2013, en cifras rojas. Pero en la minucia, hay conceptos que han decaído dramáticamente.

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    Bogotá alcanzó a ser reconocida como la ciudad con mejor cultura ciudadana de la región por el BID.

    La tasa de violencia interpersonal en Bogotá se duplicó entre 2005 y 2012 pasando de 388 casos por 100.000 habitantes a 622 casos por 100.000 habitantes. El total de conflictos de convivencia atendidos por la Policía entre 2005 y 2012 casi que se cuadruplicó pasando de 3.203 a 12.460 casos.

    Hay más. Es baja la regulación ciudadana, en el sentido que para 2013 solo 3 de cada 10 ciudadanos perciben que los ciudadanos corrigen a otras personas cuando estacionan vehículos en zonas prohibidas, tiran basuras a la calle, dañan el mobiliario público, arrojan escombros o materiales en las vías o no usan casco al andar en moto o bicicleta.

    Y más. 8 de cada 10 ciudadanos validaron subirse a un vehículo manejado por alguien en estado de embriaguez; 93% no hizo nada cuando vio que alguien hizo uso del servicio de transporte sin pagar; 15 % justificó desobedecer la ley porque es económicamente provechoso o porque la religión lo permite; y desde 2008, solo 4 de cada 10 creen que pueden confiar en la gente.

    Para rematar: el porcentaje de personas que se sienten muy orgullosas de la ciudad bajó de 25% en 2008 a 19% en 2013.

    Pero no todo es malo. El informe de Corpovisionarios resalta la buena actitud de los bogotanos frente a las normas tributarias, pues se incrementó el recaudo en la mayoría de los impuestos. Además, se ha reducido el rechazo a poblaciones históricamente discriminadas como los drogadictos, las prostitutas, los homosexuales y los desplazados. Y se ha mantenido el descenso en la tasa de homicidios.

    ‘Hay un doloroso retroceso’

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    Henry Murraín. Archivo particular

    Henry Murraín, director ejecutivo de Corpovisionarios y uno de los alumnos aventajados de Antanas Mockus en el tema de cultura ciudadana, le respondió a ELTIEMPO.COM sobre el estado actual de este tema en Bogotá.

    ¿Cómo definen ustedes la cultura ciudadana?

    Cultura ciudadana es un enfoque de política pública que ha demostrado con experiencias como la de Bogotá durante las alcaldías de Antanas Mockus, la importancia de convocar la cooperación de los ciudadanos para solucionar muchos de los problemas que enfrentan las ciudades. Este enfoque de gobierno va más allá de las reglas formales (normas legales establecidas) y toma en cuenta con especial énfasis el papel de las reglas informales (morales y sociales) que constituyen nuestros hábitos y prácticas en la vida cotidiana, es decir los comportamientos de los ciudadanos.

    ¿Qué ha pasado en Bogotá en cuestión de cultura ciudadana desde que Mockus fue alcalde? ¿Considera que hay un retroceso?

    Hay un doloroso retroceso en un enfoque de política pública que había sido muy exitoso para la ciudad y hemos visto en las últimas tres administraciones cómo se abandonó todo este enfoque de cultura ciudadana que había propuesto Antanas Mockus y que produjo tantos resultados. Ha habido una tendencia a considerar la cultura ciudadana como un asunto exclusivo de Mockus y no como una propuesta que deberían continuar los siguientes gobiernos porque ahí se juegan buena parte de las mejoras y las transformaciones más importantes de la ciudad.

    ¿Por qué la gente en Bogotá es cada vez más intolerante?

    Yo no creo que se pueda afirmar que en Bogotá la gente es cada vez más intolerante. En el aspecto puntual de la tolerancia hemos visto avances significativos en los últimos años que muestran algunos aspectos de modernización de Bogotá. Nuestras encuestas en los últimos años muestran un aumento significativo en la tolerancia de los ciudadanos a poblaciones como los LGBTI, entonces tampoco podemos decir arbitrariamente que hay un retroceso. Ahora bien, otra cosa son las riñas y peleas que siempre se han observado. Bogotá desafortunadamente es una ciudad con un alto índice de riñas y lesiones interpersonales, y este es uno de los fenómenos que se ha mantenido al alza en los últimos años, así como la violencia intrafamiliar.

    ¿Cómo combatir la falta de cultura ciudadana en la ciudad?

    Yo no creo que uno pueda hablar de “falta de cultura ciudadana”. Creo que hay algunos aspectos que requieren de un ejercicio de política organizado y sistematizado para resolverlos. Lo primero que se debe entender es que los sistemas de observación e indicadores sobre comportamiento y cultura que tiene la ciudad deben ser aprovechados para desarrollar estrategias de focalización de pedagogía por parte de la administración.

    Otro aspecto importante es que la cultura ciudadana se parece más al arte que a la publicidad y uno de los principales dinamizadores del cambio de prácticas y de hábitos de manera amable en los ciudadanos ha sido el arte, porque ayuda a construir civilidad, una mejor convivencia. Un punto importante es no caer en fatalismos y perder la esperanza, por el contrario, retomar el enfoque y empoderar a la ciudadanía para que asuma su papel activo y corresponsable en la construcción de la ciudad que todos queremos tener.

    ¿Hay alguna entidad oficial que actualmente esté cultivando la cultura ciudadana?

    La Secretaría de Cultura y la de Movilidad, según entiendo, tienen estrategias que son denominadas de “cultura ciudadana”, pero se basan en campañas publicitarias que no garantizan mayor incidencia en la generación de cambios comportamentales.

    RONNY SUÁREZ
    Subeditor de ELTIEMPO.COM